4 min para leer en voz alta · edades 3–7
La cueva acogedora del oso
Una tarde fría y tranquila, cuando caían los primeros copos suaves de nieve, el oso se despertó de una siesta y soltó un bostezo largo y lento.
Aaaaaaah.
—Creo —dijo el oso— que es hora de preparar mi cueva para un sueño largo y acogedor.
La cueva del oso estaba al pie de una colina, bajo un manto de pinos. Por dentro era oscura, tranquila y tan calentita como un bolsillo.
Primero, el oso juntó un poco de musgo suave. Pat, pat, pat. Lo fue aplastando hasta formar una cama gruesa y mullida.
—Qué bien —dijo el oso—. Pero aún no está terminada.
Después, el oso reunió hojas secas, doradas, rojas y marrones. Crick, crick, crick. Las colocó alrededor de los bordes de la cama, como un nido acogedor.
—Mejor —dijo el oso—. Pero aún no está terminada.
En ese momento, una vocecita llamó desde la puerta. Era el conejo, con un manojo de hierba tibia y esponjosa.
—Te he traído algo para tu almohada —dijo el conejo.
—Gracias, conejo —dijo el oso. Esponjó la hierba hasta convertirla en una almohada perfecta. Pof, pof, pof.
Luego llegó la ardilla, con un diminuto farolillo hecho de una bellota que brillaba con una luz suave y dorada.
—Te he traído una luz nocturna —dijo la ardilla.
—Gracias, ardilla —dijo el oso. Colocó el farolillo junto a la pared. Brillaba cálido y suave.
Luego llegó el erizo, con un trozo de lana de oveja, suave como una nube.
—Te he traído una manta —dijo el erizo.
—Gracias, erizo —dijo el oso. Se arropó los grandes hombros redondos con la lana. Era cálida, ligera y justo lo que necesitaba.
El oso miró a su alrededor. La cama de musgo era suave. Las hojas eran acogedoras. La almohada, mullida. El farolillo, brillante. La manta, calentita.
—Ahora —dijo el oso— está perfecto.
—Buenas noches, oso —dijo el conejo.
—Buenas noches, oso —dijo la ardilla.
—Buenas noches, oso —dijo el erizo.
—Buenas noches, amigos —dijo el oso—. Que durmáis bien. Nos vemos cuando se derrita la nieve.
Uno a uno, los amigos salieron de puntillas de la cueva y volvieron a casa entre la nieve que caía. Sus huellas dibujaban diminutas estrellas en lo blanco. Pronto estaban en sus camas, calentitos y con sueño.
En su cueva, el oso se tumbó en la cama de musgo. Sintió la suave almohada bajo la cabeza. Sintió la manta cálida sobre los hombros. Escuchó la nieve tranquila, cayendo, cayendo, cayendo fuera.
Suave, suave. Suave, suave.
El oso respiró hondo y despacio. Y lo soltó en un largo suspiro soñoliento.
Aaaaah.
Las patas le pesaban. La nariz estaba tibia. Los ojos parecían llenos de arenita de sueño.
Y fuera, la nieve seguía cayendo, suave, lenta y silenciosa, cubriendo la colina, cubriendo los árboles, cubriendo las huellas pequeñas, hasta que todo el mundo quedó en calma.
Y el oso, en su cueva acogedora, con su musgo, sus hojas y el brillo de su farolillo, se quedó profundamente dormido. Zzzz.
Fin.